Una Navidad para estos tiempos

Por Elías Iván García Ríos

Nos acercamos a la fiesta de la navidad o como suele decirse, de la natividad de Jesús de Nazaret, celebrada por distintas iglesias, principalmente la católica. El origen de esta fiesta se debió haber remontado a un deseo de los primeros seguidores de Jesús por saber algo así como la genealogía de su maestro, por lo que pensaron algunas formas en las que pudo haber sido el nacimiento de este personaje, que tanto inspiró a judíos y no judíos. Para las primeras comunidades cristianas, más o menos formadas, fue suficiente saber que de lo que Jesús se decía y lo que eso provocaba en sus vidas era verdad. Sin embargo, por el deseo de dar una cierta completud y coherencia a los pasajes de la vida del Nazareno y una base a las generaciones posteriores, consideraron pertinente redactar una forma extraña y misteriosa de aquél a quien llamaron el Mesías.

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Foto de Elías

No se puede dejar de tener presente que la causa del nacimiento de este Jesús fue, según las profecías judías, la promesa de un libertador, que sacaría a los judíos de la esclavitud de la que habían sido objeto. Muchas expectativas había sobre esto, como las hay ahora sobre la liberación de las nuevas esclavitudes que se viven. Pero, antes como ahora se espera que aparezca alguien con el poder suficiente para hacer frente o poner freno, en el mismo nivel de poder, a la corrupción, a la injusticia, a la violencia, a la miseria, a la esclavitud, al despojo, al hambre y a la pobreza de que somos objeto. También se espera que eso no signifique riesgo, implicación, dificultad, organización, responsabilidad, cambio, transformación, conversión, etc., tanto de los que viven bien (cómodamente) como de los que viven mal (incómodamente).

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Foto de Elías

Por lo que una encarnación y nacimiento en una familia pobre, significa algo absurdo y limitado para las expectativas, promesas y profecías que se tenían al respecto del Mesías. Y, aunque se le trató de dar un sentido divino al embarazo y al nacimiento de Jesús, no porque no lo tuvieran, quedó y sigue quedando corto para muchos judíos y no judíos. Hoy no es la excepción, principalmente entre los cristianos, porque hemos forrado nuestra fe de misterio, de comercio, de lo deslumbrante, de lo glorioso y nos hemos olvidado de lo sencillo, lo frágil y lo poco prometedor de la forma en cómo realmente nació y vivió aquel que es el centro de nuestra fe, Jesús de Nazaret. Hoy como hace dos mil años, es casi imposible concebir un libertador pobre, limitado, huérfano, hijo de madre soltera, obrero, campesino, indígena, el de la casa más amolada, el del barrio más jodido, nacido en el establo o en el IMSS, prácticamente un don nadie. Digo que especialmente entre nosotros los cristianos, porque somos los adoctrinados los más difíciles de abrir el corazón, la mirada y los oídos a lo que se gesta con promesa de liberación, pero con condición de fragilidad, pequeñez, compromiso y de organización.

No se diga cuando cambiamos la promesa de Dios por la de los políticos y más si somos priitas católicos, doblemente difícil, pues pareciera que se da una especie de transubstanciación (transformación) del candidato a presidente, gobernador, etc., en Mesías. Sin importar cuántas veces seamos engañados, la divinización de la política, sobre todo de esta política vil que vivimos en México, impide mirar y escuchar las nuevas formas en las que Dios actúa desde abajo, en lo pequeño, tal como es el modo de proceder del Dios de Jesús de Nazaret, que tanto se afanó en enseñar y mostrar.

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Foto de Elías

Da tristeza saber que los políticos siguen sirviéndose con bandeja de plata el pan que por derecho le pertenece al pueblo. Y aunque ya sabemos que así funcionan allá arriba, no por eso deja de dar coraje e indignación entre los que somos de acá abajo. La noticia de las nuevas aprobaciones de ley, como la Ley de Seguridad Interior, y las recientes reformas estructurales; junto con las candidaturas que ya pelean los presupuestos, que ya negocian los proyectos de campaña, que dan concesiones y puestos en blanco para aquellos que les ayuden a llegar al poder, generan, entre los simpatizantes de esas corrientes políticas partidistas, muchos de ellos católicos priistas, una especie de adormecimiento e imposibilidad de escuchar la verdadera voz del libertador, del Mesías¸ que no se resigna a dejarnos hundidos en la miseria, en la pobreza y en el sin futuro.

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Imagen tomada de internet

El modo de encarnación de ese Mesías nos dice que no es Meade, no es López Obrador, no es el Bronco, no es la Margara Zavala, no es Ríos Piter, no es ninguno de ellos los que realmente pueden traer liberación, justicia, esperanza y un futuro mejor al pueblo de México. No son esos lobos disfrazados de corderos los que encarnan el proyecto de construcción de un mundo más justo y digno para todos los que nos disputamos la vida aquí abajo, en medio de la carencia, de la miseria, de la pobreza, de la angustia y del despojo. Como dijo el jesuita David Fernández sj “Parece que es equivocado poner la esperanza del país en una persona y eventualmente en unas elecciones, la esperanza de este país está en la movilización de la gente, en ustedes y en nosotros. Las otras, son anécdotas, son circunstancias históricas, entonces se decidirá si se participa o no y de qué manera y cuál es la mejor posibilidad para desarrollar la organización de los pueblos y de los grupos sociales subordinados”.[1]

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Foto tomada de Internet

El Mesías de hoy está naciendo con rostro colectivo, con rostro indígena, con rostro de campesino, con rostro pobre, con rostro de trabajador, con rostro de mujer y trae invitaciones de organización, a eso no llama, porque sueñan, desean, perciben que otro mundo es posible, pero tiene que formarse, construirse y tejerse desde abajo. No podemos seguir viviendo en las misas estructuras viejas y corrompidas de siempre, pues a vino nuevo odres nuevos. Lo que implica de nuestra parte, como creyentes, como sociedad, como seres humanos, soñar, diseñar y labrar esos odres, es decir, las condiciones necesarias donde se irán gestando esos mundos otros que los desheredados merecemos. Odres y niño son igualmente importantes, lo cual no quiere decir que los odres tengan que ser lujosos, pero sí construidos por todos. Ese es el estilo de Navidad para estos tiempos que corren.

¡Felíz Navidad!

 

[1] David Fernández Dávalos, SJ. Panel en la Universidad Iberoamericana Santa Fe. Un México distintos es posible, hay que atrevernos a cambiar al país. Septiembre de 2017.

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