Crónica de la inhumación: una semilla de justicia

Elaborado por Diana del Angel. Publicado en el rostro de Julio

Texto compartido por Conrado Zepeda, SJ

Foto de portada: Claudio.Ar / Flickr

“Entonces surgirá tu luz como la aurora
y cicatrizarán de prisa tus heridas;
te abrirá camino la justicia
y la gloria del Señor cerrará tu marcha”.
Isaías, 58, I-9

ReinhumacionLuego de muchas diligencias se fijó el día viernes 12 de febrero como la fecha en que se llevará a cabo la inhumación de Julio César. Es un día complicado —la visita papal pondrá a la ciudad de cabeza y atraerá, por suerte, la atención de los medios—  por esa razón la cita en la Coordinación de Servicios Periciales es a las 6:30 de la mañana. Todos llegamos envueltos en chamarras y sin haber podido conciliar el sueño. Además de los acompañantes de la familia, han asistido integrantes del GIEI para brindar su apoyo, han venido desde Ayotzi compañeros normalistas de Julio, que apenas clarea el día sacan una manta con el rostro de quien fuera su amigo en la normal Raúl Isidro Burgos; nos acompaña también un integrante del Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad y  Conrado Zepeda, un padre jesuita que suspendió su retiro de silencio de siete días para poder estar con nosotros. A pesar de que es muy temprano ya hay tráfico suficiente para retrasar a Marisa, su familia y otros acompañantes. Entre eso y los trámites burocráticos de costumbre entramos a Periciales pasadas las siete de la mañana.

Nuevamente nos ingresan a un pequeño salón donde los familiares de Marisa, que han venido desde su pueblo natal para acompañarla, aguardan algunos minutos antes de que comience la diligencia. Allí permanecerán, hasta que nos vayamos, la pequeña Melisa y su prima, al cuidado de otros acompañantes de la familia; al igual que durante las pruebas periciales en el mismo edificio están contenidas las dos fuerzas que animan esta lucha: la prueba concreta del pasado terrible y la afirmación de la vida. Esta vez será una hermana y el cuñado de Marisa los que ayuden a vestir el cuerpo de Julio. Una vez abajo, cerca de la cámara seis, nos ponemos los cubre bocas y los que van a tener contacto directo con el cuerpo de Julio se colocan un traje especial. Del refrigerador donde permaneció más de tres meses, sacan una bolsa blanca en cuyo interior reposan los restos de Julio. El olor del laboratorio debería prepararnos para lo que sigue, pero no sucede así.

Cuando abren la bolsa blanca y queda al descubierto el cuerpo de Julio, siento un peso enorme en el pecho y como si el olor fétido del laboratorio se hubiera vuelto de plomo me pesa ahora en el hueco del estómago. Agradezco no haber desayunado. No sabría decir en qué fase de la descomposición cadavérica se encuentra el cuerpo de Julio. Humana y torpemente sé que es el punto en el que uno no quisiera verlo, en el que uno no quisiera estar allí. Sin embargo aquí estamos porque Marissa decidió emprender esta búsqueda por la verdad y quienes elegimos acompañarla tratamos de decirle con nuestra presencia en este momento tan oscuro: “No estás sola”. Pienso en que además de verlo, más tarde tendré que escribir: el torso está desnudo, una costura atraviesa por la mitad su caja toráxica, su carne va del color moreno claro al oscuro, pasando por el morado; en lugar del cuello hay solamente un gran pedazo de piel negra, pues su cabeza tuvo que ser retirada; sus extremidades se han vuelto muñones porque también retiraron huesos de pies y manos y en su pierna izquierda faltan los tres pedazos de la tibia recién cortados para la prueba de ADN. Sé, aunque me repita que ese ya no es Julio, sino un compuesto de materia orgánica sin sensibilidad, que esa imagen me dolerá por no sé cuánto tiempo y ese olor se me quedará grabado más que en la nariz en las mañanas de febrero.

Aunque Julio ya no esté allí (es decir, aquí con nosotros) sobre la cama de metal hay un cuerpo, cuya carne se está quedando pegada al hueso, que requiere ser vestido. Entre la perito del EAAF, uno de la PGR, Marisa, su hermana y su cuñado comienzan a maniobrar para vestir los restos de Julio. Primero el pantalón gris oscuro, levantan una pierna y luego la otra, ambas rígidas. Todo lo escogió Marisa. Ella y sus familiares podrían no estar allí, se lo han comentado en varios momentos: “Si quieres lo podemos hacer nosotros, los peritos”. Pero ella ha querido estar presente y su familia está allí para apoyarla. Al final ya solo su hermana y su cuñado terminan de abotonar la camisa de tono lila. Marisa busca el modo de poner en el cuello de Julio un dije con la forma de una mitad de corazón con el nombre de “Marisa”. Logra asegurar la cadena en los primeros ojales de la camisa y no puedo evitar pensar que está dejando sobre Julio la mitad de su corazón. Encima del cuerpo Marisa coloca amorosamente bien doblada la sudadera roja de la normal de Ayotzinapa que un amigo de Julio ha donado para que lo acompañe en su descanso.

Para terminar deben sacar el contenido de unas siete bolsas de papel selladas, donde están los huesos de pies, manos, costillas y cráneo; esa tarea la realiza la perito argentina. El procedimiento es sencillo: romper los sellos de cada bolsa, mostrar el contenido a la cámara de la PGR —que ha videograbado toda la diligencia—,  y luego colocar los huesos donde originalmente estaban: al final de los tobillos o después de las muñecas. En una bolsa más grande se encuentra el cráneo; poco a poco van poniendo al final de donde estuvo el cuello los distintos fragmentos que fueron radiografiados durante los estudios. Marisa desde hace rato solo mira. Al terminar, la dejamos a solas con Julio, y nos alejamos hacia el otro extremo del laboratorio, pero la distancia no es suficiente para no escuchar el llanto en  que estalla al mirar los restos del cuerpo amado: un maxilar querido, una mandíbula besada, un pecho adorado, una frente anhelada, unos dientes recordados por la sonrisa, un Julio arrancado estúpidamente de la vida.

Cuando Marisa camina hacia nosotros, me asombra ver que solo llora —no comprendo por qué solo tenemos el llanto para dolor tan indecible, no me creo que eso sea lo único que tengamos para expresar tan honda pena—, ella llora y por momentos se tambalea. Ángela Buitrago, del GIEI, le ayuda a respirar, mientras Carlos Beristáin la sostiene del brazo; ella poco a poco vuelve a nosotros. Salimos del laboratorio, nos quitamos el cubrebocas, Ángela ayuda a Marisa a quitarse el traje especial y nos preparamos para salir rumbo a Tecomatlán. Personal de PGR y la perito del EAAF suben a la ambulancia el nuevo féretro que lleva el cuerpo de Julio y el antiguo, asimismo colocan los sellos correspondientes, para salvaguardar la cadena de custodia. Mientras los acompañantes salimos de la Coordinación, la abogada de Julio, Sayuri Herrera, y los intervinientes en la diligencia revisan y firman las actas y documentos que requiere el caso.

Como en la exhumación, la caravana es un fracaso, porque la ambulancia parte mucho antes de que los otros autos estén listos; la patrulla decide pasar por un puente por donde no cabe el camión de los estudiantes normalistas y éstos tienen que desviarse casi al principio del camino. Con todo, arribamos al panteón de Tecomatlán a la 1:30 de la tarde, unas dos horas después de lo previsto. La jueza de Tenancingo ya nos espera para dar fin a la diligencia. También los mariachis contratados por Marisa han llegado al lugar. La jueza va dando cuenta de los pasos que se están siguiendo: ruptura de los sellos de la ambulancia, verificación de que en el féretro hay un cuerpo, fijaciones fotográficas por parte de los peritos de la PGR.

Desde la mañana, los tíos y el hermano de Julio, Lenin, se aseguraron de que los rascadores del pueblo cavaran la fosa, de modo que todo fuera más rápido. El féretro es llevado a unos metros de donde será sepultado. El padre Conrado hace una pequeña bendición del cuerpo que sembraremos en un momento. Posteriormente, la jueza da fe de que dentro hay un cuerpo y uno de los peritos de la PGR saca de otras bolsas las pertenencias que acompañaron a Julio desde su primer funeral: un libro, un rosario, un retrato del niño Dios, unos zapatos. Todo es metido nuevamente al ataúd. Cuando ya todo ha sido verificado, bajan la caja. La voz de la jueza enuncia cada acción realizada por los peritos. Como en Periciales, en el panteón las cámaras de la PGR y del juzgado han filmado cada procedimiento. El vago olor a muerte es llevado por el viento hasta donde llega el cerco de policías. Unas compañeras que vinieron de Pedregales preguntan si pueden rezar. “Sólo en su cabeza, no pueden interrumpir el protocolo”, responde la jueza. Después de una absurda polémica se decide que el féretro viejo sea sepultado en el mismo sitio, luego de colocar la losa sobre del otro. Debidamente autorizados los mariachis tocan “Caminos de Guanajuato”.

Los compañeros normalistas aguardan a un costado del panteón con la manta de Julio extendida. Los demás nos acomodamos alrededor del cerco de policías o de la barda que rodea al cementerio. En la pancarta que esgrime una anciana se lee: “Julio César, tu rostro y tu conciencia resplandece en cada uno de nosotros”. Los tíos y el hermano de Julio ayudan a los rascadores para rellenar la fosa, con paladas de tierra poco a poco se va cubriendo ese hueco dejado por más de tres meses. Muchos lloran. Cuando ya casi terminan colocan el ataúd chiquito, donde está la sombra de Julio y lo cubren con el resto de la tierra. Después de algunas intervenciones la jueza por fin anuncia su retiro; antes de que cruce la puerta del panteón se comienzan a oír los gritos de “Julio vive”, “Julio no murió, Peña lo mató” o “Marisa escucha, estamos en tu lucha”. Comenzamos a colocar las rosas rojas alrededor de la tumba, la corona y los arreglos de flores blancas sobre ella.
Conrado se dispone a oficiar. Sobre su sotana blanca luce una estola morada, hecha por la Comandanta Ramona. Providencialmente, la lectura sugerida para el primer viernes de cuaresma es del libro del profeta Isaías, 58, I-9, que a la letra dice: “Clama a voz en cuello y que nadie te detenga. Alza la voz como trompeta. Denuncia a mis pueblos sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados”, esta es palabra de Dios aclara el sacerdote. La misa se desarrolla con el ánimo de dar consuelo y fuerzas para seguir buscando justicia. Aunque no es muy larga, deja sembrado en nuestros corazones el anhelo de trabajar por un mundo mejor.

Conrado dice que la misa será como en los primeros tiempos del cristianismo, es decir, no en los grandes templos, sino en los lugares donde es necesario y, en efecto, la sencillez de todo me hace pensar en que estamos llevando a cabo un rito de hermandad y compartición primigenias, de seres humanos sencillos que tienen un mismo dolor, el mismo deseo puro de justicia y amor. Pedimos al señor que nos libre de la corrupción, de la mentira, de los feminicidios, de la indiferencia, de los megaproyectos, del abuso a los niños, de la violencia y de la impunidad. “Hermanos, podemos ir a seguir a luchando”, dice el padre. Unos instantes después Conrado reúne a la familia de Julio: sus tíos, su hermano Lenin, su madre Afrodita, que durante la mañana estuvo preparando mole y arroz; del otro lado están Marissa y sus padres. Al final, sólo quedan Marisa y su hija frente a la tumba de Julio, Conrado se acerca y bendice a la bebé. Debajo de las rosas rojas duerme Julio amado, envuelto por la tierra madre su cuerpo descansa, su memoria vive en las estrellas y en nuestros corazones.

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